Durante buena parte del siglo XX, un edificio se evaluaba casi exclusivamente por tres criterios: cómo se veía, cuánto costaba construirlo y si cumplía su función. La experiencia de quien pasaba ocho horas al día dentro de él —su nivel de luz natural, la calidad del aire que respiraba, el ruido de fondo que tenía que soportar— quedaba relegada a un segundo plano, cuando no directamente ignorada. Hoy esa jerarquía de prioridades se ha invertido casi por completo. Cada vez más estudios de arquitectura, promotores y empresas empiezan cualquier proyecto haciéndose una pregunta que antes apenas se formulaba: ¿cómo va a sentirse la persona que use este espacio?
Ese cambio de mirada no es una simple moda estética ni un argumento de marketing inmobiliario. Responde a una acumulación de evidencia científica sobre cómo el entorno construido afecta a la salud física y mental de las personas, y a la aparición de herramientas concretas que permiten diseñar, medir y verificar ese impacto de forma mucho más rigurosa que antes. La cuestión ya no se limita a si una vivienda resulta atractiva o una oficina permite trabajar, sino a qué condiciones ofrece durante las horas que las personas pasan en ella.
La iluminación, por ejemplo, puede influir en los ritmos de sueño y vigilia, mientras que una ventilación deficiente puede empeorar la calidad del aire interior. Del mismo modo, un exceso de ruido dificulta el descanso y la concentración, y determinadas distribuciones pueden favorecer o dificultar la interacción entre las personas. Incluso elementos aparentemente secundarios, como las vistas al exterior, la presencia de vegetación o la posibilidad de disponer de espacios de privacidad, forman parte de esa experiencia.
En este artículo repasamos por qué la arquitectura centrada en el bienestar ha dejado de ser una excepción para convertirse en una exigencia cada vez más habitual, y qué implica realmente diseñar pensando en las personas y no solo en la fachada.
De la forma que impresiona a la forma que cuida
Gran parte de la arquitectura del siglo XX, especialmente la vinculada al movimiento moderno, se construyó alrededor de la idea de que «la forma sigue a la función»: un edificio debía resolver eficientemente su propósito, y su valor estético derivaba precisamente de esa eficiencia. Fue una revolución necesaria frente al exceso ornamental de épocas anteriores, pero con el tiempo derivó en oficinas y viviendas optimizadas para el coste y la densidad, con ventanas mínimas, materiales fríos y espacios pensados para producir o alojar, más que para habitar de forma placentera.
La reacción a ese modelo no llegó de golpe. Primero apareció la preocupación por la sostenibilidad energética y ambiental de los edificios, con certificaciones centradas en el consumo, los materiales y la huella de carbono. Pero, con el paso de los años, distintos estudios empezaron a demostrar algo que la intuición ya apuntaba: un edificio puede ser eficiente energéticamente y, al mismo tiempo, resultar perjudicial para la salud de quienes lo habitan, si no se cuida la calidad del aire interior, la luz natural, el confort acústico o el diseño de los espacios comunes.
Esto ha obligado también a ampliar la propia idea de eficiencia. Un edificio que consume poca energía, pero obliga a sus ocupantes a trabajar constantemente con iluminación artificial, soportar temperaturas incómodas o convivir con un ruido elevado no puede considerarse completamente satisfactorio desde el punto de vista del bienestar. La eficiencia ambiental y la calidad de la experiencia interior no tienen por qué entrar en conflicto, pero requieren que ambas cuestiones se tengan en cuenta desde el principio del proyecto.
La arquitectura centrada en las personas también ha recuperado conceptos que durante mucho tiempo quedaron en segundo plano, como la relación entre el interior y el exterior. El acceso a la luz natural, las vistas, los patios, las terrazas o las zonas ajardinadas pueden cambiar la percepción de un espacio y ofrecer momentos de descanso visual y mental. En oficinas y edificios de uso colectivo, además, la distribución puede facilitar tanto la colaboración como la necesidad de disponer de lugares tranquilos para concentrarse.
Esa constatación es la que ha empujado a la arquitectura contemporánea a incorporar el bienestar humano como criterio de diseño con el mismo peso que la funcionalidad o la sostenibilidad, y no como un añadido de última hora. El objetivo no consiste en eliminar todos los inconvenientes de un edificio ni en convertir cada espacio en un entorno de relajación, sino en anticipar cómo las decisiones arquitectónicas afectan a las personas que van a utilizarlo durante meses o incluso durante décadas.
Por eso, diseñar pensando en el bienestar implica prestar atención a aspectos que antes podían considerarse secundarios: cómo entra la luz a determinadas horas, cómo circula el aire, qué nivel de ruido existe entre diferentes estancias, dónde puede descansar una persona o cómo se relacionan las zonas privadas y comunes. Son decisiones técnicas y arquitectónicas que terminan teniendo una consecuencia muy cotidiana: determinar cómo se vive, se trabaja o se descansa dentro de un edificio.
Lo que respalda la evidencia: la vivienda y el edificio como determinantes de salud
Esta preocupación no es solo una intuición del sector, sino que cuenta con respaldo institucional. La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó en 2018 sus Directrices sobre vivienda y salud, un documento que recopila la evidencia científica disponible sobre cómo las condiciones del espacio construido —el hacinamiento, la temperatura interior, la accesibilidad, la calidad del aire o el ruido del entorno— afectan de forma directa a la salud física y mental de sus ocupantes. El propio informe recuerda que mejorar las condiciones de la vivienda puede salvar vidas, prevenir enfermedades y aumentar de forma sustancial la calidad de vida de las personas, y plantea estas cuestiones no como detalles de confort, sino como determinantes de salud pública que deberían formar parte de cualquier política de vivienda y urbanismo.
Ese mismo razonamiento, trasladado del ámbito residencial al conjunto de los espacios donde pasamos buena parte de nuestro tiempo —oficinas, centros educativos, espacios comerciales, hospitales—, es el que ha dado origen a herramientas de diseño y certificación específicamente centradas en la salud de los ocupantes, más allá de la eficiencia energética o la sostenibilidad ambiental.
La certificación WELL: poner a las personas en el centro con criterios verificables
Entre esas herramientas, una de las más extendidas internacionalmente es la certificación WELL Building Standard, desarrollada por el International WELL Building Institute (IWBI) a partir de años de investigación en colaboración con profesionales de la medicina, la ciencia y la arquitectura. A diferencia de los sellos de sostenibilidad centrados principalmente en el consumo energético o los materiales, WELL evalúa de forma específica cómo un edificio impacta en la salud, el bienestar y la calidad de vida de las personas que lo ocupan, a través de diez conceptos evaluables —aire, agua, nutrición, luz, movimiento, confort térmico, sonido, materiales, mente y comunidad— y más de un centenar de características concretas y medibles.
En este sentido, para los profesionales de Bonba Studio, esta perspectiva resulta especialmente relevante a la hora de trasladar el bienestar a decisiones concretas de diseño. Señalan que aspectos como la distribución, la iluminación, los materiales o la relación entre las distintas zonas del edificio pueden influir en las sensaciones y experiencias de quienes utilizan el espacio. El interés de este tipo de certificaciones reside precisamente en que permiten convertir esas consideraciones en criterios que pueden analizarse y comprobarse durante el proceso de diseño, haciendo que el bienestar deje de depender únicamente de percepciones subjetivas.
Cómo se traduce este enfoque en decisiones concretas de diseño
Poner a las personas en el centro no es un eslogan vacío: se traduce en decisiones muy concretas a lo largo de todo el proceso de diseño y construcción.
Luz natural y ritmos circadianos. La orientación del edificio, el tamaño de los huecos y el tipo de vidrio utilizado dejan de decidirse solo por eficiencia energética para tener en cuenta también cómo la cantidad y calidad de la luz recibida a lo largo del día afecta al estado de ánimo y a los ciclos de sueño de quienes ocupan el espacio.
Calidad del aire interior. La elección de materiales de construcción y mobiliario con bajas emisiones de compuestos volátiles, junto con sistemas de ventilación adecuados, se ha convertido en un criterio de diseño tan relevante como la resistencia estructural, especialmente después de que la pandemia pusiera el foco en la importancia de la renovación del aire en espacios interiores.
Biofilia y contacto con elementos naturales. La incorporación de vegetación, materiales naturales, texturas orgánicas y vistas hacia el exterior responde a una tendencia de diseño, conocida como biofilia, que busca reducir el estrés y mejorar el bienestar cognitivo reproduciendo dentro del edificio ciertos elementos presentes en entornos naturales.
Acústica y confort sonoro. El ruido de fondo, especialmente en oficinas de planta abierta, ha pasado de ser un efecto secundario tolerado a un factor de diseño que se aborda de forma específica con materiales absorbentes, distribución de espacios y zonas diferenciadas según el nivel de concentración requerido.
Movimiento y actividad física. Escaleras visibles y atractivas frente a ascensores escondidos, espacios que invitan a caminar durante el trabajo o zonas comunes pensadas para el movimiento son decisiones de diseño que buscan combatir el sedentarismo asociado a la vida en interiores.
Espacios de comunidad y encuentro. Zonas comunes pensadas específicamente para fomentar la interacción social, tan importantes para el bienestar mental como cualquier parámetro físico del edificio, empiezan a ocupar un lugar central en la planificación de espacios de trabajo y de vivienda colectiva.
Por qué esto también tiene sentido económico
El interés por este tipo de arquitectura no responde únicamente a una motivación ética o de responsabilidad social. Cada vez más empresas promotoras entienden que un edificio diseñado pensando en el bienestar de sus ocupantes tiene un impacto directo sobre indicadores muy concretos: menor absentismo laboral, mayor productividad, mejor retención de talento en el caso de las oficinas, o mayor valor percibido y capacidad de diferenciación en el mercado inmobiliario. Ese doble beneficio —para las personas y para quienes invierten en el proyecto— explica en parte por qué certificaciones como WELL, que hace apenas una década resultaban prácticamente desconocidas fuera de círculos muy especializados, se han convertido en un argumento de venta habitual en proyectos de oficinas, hoteles y desarrollos residenciales de nueva generación.
Un cambio de paradigma que ha llegado para quedarse
Lo que distingue a esta nueva forma de entender la arquitectura no es solo la incorporación de nuevos materiales o tecnologías, sino un cambio de pregunta de fondo: en lugar de preguntarse únicamente qué aspecto tendrá un edificio o cuánto costará mantenerlo, se pregunta también qué va a sentir la persona que lo habite cada día. Ese giro, respaldado tanto por la evidencia científica recogida por organismos como la OMS como por herramientas de certificación cada vez más extendidas, está redefiniendo silenciosamente los criterios con los que se diseñan los espacios en los que pasamos la mayor parte de nuestra vida. La arquitectura, en última instancia, siempre ha sido el arte de organizar el espacio para las personas; lo novedoso es que ahora existen, por fin, criterios científicos concretos para comprobar si realmente lo está consiguiendo.